“Cuando todo es nada”

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Maia miró por la ventana. Se vio a sí misma reflejada en el vidrio. La noche había llegado y con ella la oscuridad.

Abrió la ventana y no se escuchaba más que el televisor de su casa encendido bajito. No se escuchaban personas gritando, ni autos, ni alguna moto alocada probando cuán furioso podría rugir su motor.

Quedaban pocas luces encendidas en su cuadra.

Renato abrió la ventana. Estaba un piso más abajo que Maia, en el edificio de al lado. Sonaba de fondo la Play Station que su hermano tenía prendida desde hace tanto rato que ya ni la escuchaba.

Él no vio a Maia, pero ella sí lo vio a él. Esperó, dudó, se animó.

-“Hola.”

-“Hola”, respondió bajito Renato, después de descubrir de dónde venía esa voz.

-“¿Qué estás haciendo?”

-Nada.

-¿¡Nada?! Preguntó Maia extrañada.

-“Sí. ¿Y tú?”

-Maia pensó un ratito. “Nada”, contestó.

-“Ah, claro”. Asintió Renato, porque entre niños se entienden.

-¿Y por qué hacés “nada”? Curioseó Maia.

-“Porque ya no sé qué hacer. Ya hice muchas cosas y ya no se me ocurre qué más hacer. Y tú, ¿por qué hacés “nada”?”

-Porque estoy triste. Sentenció Maia, sin saber que estaba confesando algo que a los grandes les cuesta mucho decir.

-¿En serio?

-“Sí.” Siguió Maia, con la apertura propia de quien no se siente juzgada- “Cuando estoy en casa mucho rato me siento como un oso de peluche: solo quiero estar en la cama. Y cuanto más me quedo en la cama o en el sillón, más ganas me dan de quedarme así.

-Mi gato no es de peluche y le pasa lo mismo. Concluyó Renato.

-Y cómo no sé qué hacer, como y como cualquier cosa.

-¡A mi gato le pasa eso!

-Y miro tele desde el sillón. Y parece que al sillón ya le gustó que yo me tire, porque me hizo como un hueco que es donde yo voy. Entonces no me quiero levantar y no quiero dejar la tele, pero cuando me doy cuenta, miro por la ventana y ya es la noche, como ahora. Y no me gusta que ya no haya día. Y me dan ganas de seguir tirada en el sillón.

-Como a mi gato.

-¿Y qué hace tu gato para estar contento?

-Ahhhh! A Lafiera le encanta que le tire pelotas, que le hable, le pongo música y bailamos Daddy Yankee.

-“¡Mentira!”

-“Es en serio. ¡Mirá!”

Corrió a buscar a Lafiera, lo trajo y empezó a cantar y a bailar con él. Maia se reía como hacía días que no reía.

Renato tiró una pelota y Lafiera corrió tras ella.

Entonces a Maia y Renato se les ocurrió de un balcón al otro tirar una pelotita. Pero para que no se caiga a la calle, le pusieron una cuerda. Y así, la pelota iba de un balón a otro, rompiendo el silencio y con él la oscuridad.

Maia, Renato y Lafiera acordaron cada día juntarse de balcón a balcón para idear algún juego que rompa la “nada”.

Autora: María del Campo


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